El tema de la complejidad cada día se enriquece desde la multiplicidad de enfoques con que se aborda. Ciertamente la dinámica de la globalización, de la información y el conocimiento, la tecnología permiten asumir una nueva nueva lógica y pensar en la complejidad, desde los conceptos de inteligibilidad, incertidumbre y efimeralidad, generando un tejido teórico que responde a una época de cambios e incertidumbre como la que atravesamos hoy, donde los problemas de gestión de las organizaciones sociales se están volviendo cada vez mas inmanejables debido a que los sistemas sociopolíticos a administrar son más amplios, complejos e interactivos, ya que los individuos y grupos no son pasivos, sino que actúan para construir propias formas de relaciones, actitudes críticas y tareas innovadoras que les permitan gestionar propuestas viables. Así lo plantea Ugas (2009) al afirmar que:
Emerge una otra racionalidad. Está emergiendo una/otra concepción del hombre, del mundo y de la vida. Somos actores de un proceso de transición en el trastoque de la racionalidad, el indicador más fuerte de ello está en dos elementos: en el verbo repensar, y en la acción de reflexionar lo que se está expresando en las cosas efímeras.
Desde esta perspectiva, es interesante asumir la complejidad desde la dinámica de interconectividad de múltiples sistemas en una red infinita, sumamente rica y variada de interconexiones entre multiplicidad de actores y accionares individuales y grupales, tanto de forma independiente como interdependiente. La dimensionalidad de la complejidad configura un tejido de relaciones que integra lo predecible y lo fructual, la certidumbre y la incertidumbre, lo pertinente y lo efímero de nuestros haceres cotidianos, y que en definitiva da cuenta de una red caótica expresada en lo que conocemos como sociedad.
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